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La Coctelera

Entrevista a Radu Mihaileanu

Mi trabajo es hacer visible a la gente: Radu Mihaileanu
26-noviembre-05

“Mi trabajo es hacer visible a la gente que es invisible para muchos ojos, pero maravillosa”, dice el cineasta.

Esta es una impostura positiva: un niño negro oculta su cristianismo y se hace pasar por judío para huir de Etiopía. “Eso significa que tu moral cristiana o judía puede ser falsa para las personas que se mueren de hambre o que están en circunstancias difíciles”, apunta el cineasta Radu Mihaileanu.

Añade: “¿Por qué no vemos su punto de vista? Seguramente descubriríamos que su verdad no es la misma. Tiene que mentir para cruzar la frontera, por ejemplo, para tener un porcentaje mínimo de lo que tú tienes, para sobrevivir. No tiene otra opción, miente porque si no tú lo empujarías hasta su muerte”.

Schlomo es el niño negro que protagoniza Camina sin mí (Va,vis, e deviens, 2005), película que se proyectará el próximo miércoles en la Cineteca Nacional como parte de la Muestra Internacional de Cine.

Mihaileanu se encuentra en México debido a su participación en el Festival de Cine Franco Mexicano que culmina el próximo domingo y donde se encuentra programada Camina sin mí.

El cineasta concedió una entrevista a MILENIO en la terraza de un hotel citadino, bajo los cruentos rayos del sol “es que en Francia no tengo sol”, dijo.

Radu explica claramente que la humanidad tiene un horizonte ineludible: la modernidad está aquí, se traduce en todos los movimientos migratorios. “No lo desprecies, acepta que esa es la verdadera riqueza de la vida, la posibilidad de verte en el otro”, dice

Al halar de Schlomo como icono de las migraciones en todo el mundo remata. Es bueno que lleguen porque “tú tienes la moral y la ética, pero has perdido la luz, has perdido el fuego de la vida. Esta gente no tiene nada, pero tiene el fuego y lo comparten contigo cuando llegan a tu tierra”.

Camina sin mí narra por primera vez para la gran pantalla, un episodio histórico desconocido por las masas: la odisea de miles de judíos etíopes (negros) que llegaron a Jerusalén mediante la Operación Moisés.

La operación, organizada por los servicios secretos israelíes y estadunidenses para salvarlos de la hambruna que azotaba a este país en 1984 y 1985, además del régimen prosoviético hacía cruzar Sudán, país regido por la ley islámica en el que no podían revelar su verdadera identidad y donde perecieron centenares.

El protagonista es un niño cristiano, que obligado por su madre logra colarse entre los integrantes de la comunidad judía para escapar del país. Schlomo arranca su nueva vida cuando una familia judía, con ideología izquierdista lo adopta.

A través de la mirada del niño y su recorrido hacia la edad adulta, Radu Mihaileanu describe a lo largo de la película la multiplicidad cultural, la incertidumbre identitaria y las convulsiones políticas de Israel. Convierte su cinta en una valiente denuncia de la xenofobia.

“Mi trabajo es hacer visible a la gente que es invisible para muchos ojos, pero maravillosa”, dice el cineasta.

Podría parecer un arranque de optimismo, pero no lo es. Son las reflexiones de un hombre que igualmente ha sido desarraigado. “Puedo decirlo, pero sólo ahora puedo decirlo, fue una suerte haber atravesado por esa experiencia, porque dejó la puerta abierta para ver a los otros y para confrontarme con los otros”.

Radu Mihaileanu nació en Bucarest hace 47 años dentro de una familia judía. Su padre, Mordechaï Buchman, es comunista y periodista que al regresar de los campos de trabajo nazis, cambió su nombre (Ion Mihaileanu).

A partir de 1980, Radu Mihaileana huye también de su país bajo la dictadura de Ceaucescu. El joven realizó en compañía teatral como actor, dramaturgo y director. Pasando por Israel, se fue a Francia e integró una escuela cuyas siglas son FEMIS. Inició su carrera como asistente del director con Marco Ferreri (I love you, 1986 y Como sono buoni i bianchi, 1988), con el que firma el guión de una película producida para la televisión (Le Banquet Les saisons du plaisir, 1988).

También trabajó con Fernando Trueba (El sueño del mono loco, 1990), Nicole Garcia (Un week-end sur deux, 1990) y Edouard Niermans (Le retour de Casanova, 1992).

Su primer filme fue Trahir en 1993, le siguió en 1998 El tren de la vida, que estuvo nominada a los premios Oscar en las categorías de mejor guión y mejor actor, así como al premio Fipresci en Venecia, entregado por el público en Sundance.

En México se conocía ya su cinta El tren de la vida en la que narró la epopeya de una colectividad que, para escapar a la deportación, se deporta a ella misma.

Ese plan extraordinario organizado por Schlomo (personaje con el mismo nombre de Camina sin mí), el loco del pueblo, lleva a toda la comunidad al secreto y a la disimulación, en un juego de rol en el que las víctimas parodian a sus verdugos.

Este problema del que hablo en Camina sin mí se transmite cada noche en todas las televisiones del mundo, pero yo no quería reproducir el mismo discurso de los fascistas religiosos vestidos de negro, que son falsos, porque nadie puede negar que el pueblo palestino quiere la paz.

“No quería entrar en la polémica tonta de adjudicar responsabilidades, ¿de quién es la culpa? Es de todo el mundo, es de Europa porque no impone un alto a América, a Siria, a Irán y a Arabia Saudita, no les dice ‘alto no manipulen más a los pueblos israelí y palestino, déjenlos vivir en paz, no les den más armas”.

La película perfectamente facturada es emotiva y verdadera. La madre de Schlomo es quien le dice ve, vive y deviene (o llega a ser), de ahí el título.

Al final, el joven es un médico que ha regresado a trabajar en uno de los campamenos etíopes. Justo cuando escucha por teléfono las primeras palabras de su hijo, descubre la mirada de su madre oculta tras un velo, él se quita las botas, camina sobre la arena y la abraza.

“Puede ser verdad o ficción. Lo que importa es lo simbólico porque el círculo se cerró. No existe amor sin riesgos”, dice.

TEMAZCAL

Las bendiciones del temazcal

Verónica Díaz Rodríguez (Periodista/acupunturista)

Tradición prehispánica con usos medicinales y ceremoniales, el temazcal sirve entre otras cosas para regular los ciclos menstruales y para confrontar miedos que permanecen escondidos en el cuerpo. Se usa como parte de la terapia para mover lo que se denomina memoria corporal.

Para hablar de las propiedades del temazcal, el mejor recurso es ofrecer un ejemplo. Conozco a una mujer que nunca había entrado a uno de estos baños prehispánicos; después de la primera vez que lo hizo, tuvo clara la cantidad de miedos que la habían perseguido toda su vida. El segundo reto consistía en confrontarlos y acabar con ellos de una vez.

No fue fácil, es cierto. Después de aquella primera ocasión, una especie de claustrofobia la asaltaba en sitios cerrados como los vagones del metro. Debido a que le dieron una amplia explicación del trabajo que realizaría al interior del baño, ella siempre tuvo claro que el miedo que la perseguía no había sido causado por el vapor y el encierro del temazcal, sino que éste únicamente había despertado su memoria corporal. Es decir, que el miedo siempre había estado ahí.

A esto se le llama mover la memoria corporal. Consiste en poner al cuerpo en circunstancias tales que permitan a una persona superar emociones y recuerdos que le duelen, o que tal vez no son tan vívidos pero se manifiestan en el carácter o en el actuar cotidiano.

A esta mujer su médico le recetó un segundo baño. Después de muchas dudas volvió al temazcal, pero decidió salir de él antes de que concluyera de manera normal. Fue hasta su tercer intento cuando logró superar todos sus miedos y desapareció la claustrofobia; hoy su actitud ante la vida se distingue por albergar menos dudas de las que tuvo durante toda su existencia.

Esta es apenas una muestra del baño de temazcal, en su vertiente medicinal, pues tiene otras más, como la ritual y la ceremonial.

Su nombre nahua significa casa de vapor (temaz-vapor, calli-casa). Basta entrar a un temazcal para reconocerle cualidades espirituales. La relajación de la experiencia incita a la introspección, a la reflexión, a la atención plena y hasta a una dilatada percepción del transcurrir del tiempo.

El temazcal o hipocausto mexicano se fabricaba comúnmente de adobes, aunque ha ido variando su hechura; la idea es entrar a un lugar oscuro, cerrado, húmedo y caliente. Se dice que nació como un recurso de los curanderos prehispánicos, que lo usaban en combinación con muchas hierbas para curar una infinidad de males, como las enfermedades que provocan fiebres ocasionales a causa de la constipación de los poros.

Las hierbas no sólo sirven para aromatizar. También se utilizan para cubrir el piso; en ocasiones a la persona que entra al baño se le da un ramo para pasarlo por todo su cuerpo. El temazcal se complementa con infusiones herbales calientes que se beben dentro de éste o al salir de él. La persona que dirige el baño ritual dialoga con la persona que va a limpiarse, para que saque a relucir profundos conflictos emocionales y se enfrente de manera saludable a ellos.

Este tipo de baño es recomendable para sacar fríos o calores malignos del cuerpo, por ejemplo, para las mujeres que tienen problemas con sus ciclos menstruales o para después de un parto. También puede servir para relajar, para desintoxicar el organismo y para mejorar la tersura de la piel.